Sé que las farolas piensan que el mundo es lo que su luz ilumina. Más allá de esa parcela alumbrada, para ellas, no existe nada. Erguidas hacia las nubes consiguen una perspectiva considerable que como digo se limita a un más o menos exiguo círculo de luz. Ya ven, cuando de verdad se ve con claridad, en las horas de luz natural, ellas duermen.
Sé todo esto por que suelo hablar con ellas. Sí, no me dejo influir en absoluto por la tendencia generalizada de usar los objetos sin prestarles más atención. Hablar con ellos, con ellas en este caso, es una forma de mostrarles mi agradecimiento hacia su labor.
Debido a mi costumbre, algo excéntrica pero inofensiva, puedo decir que conozco bien a las farolas.
Todo empezó cuando era un crío. Las protagonistas de esta historia eran simples tubos, jorobados en su tramo final, y con una sola bombilla. Nada que ver con la extensa gama actual de catálogos de luminarias. No recuerdo la fecha pero sé muy bien que ya se olía el otoño y se podía imaginar el invierno. Un dispositivo automático acababa de encender las luces de las calles. Entonces me acerqué a una farola mientras pensaba en voz alta que llegaban horas de trabajo extra para ellas. Con mi mente divagando sobre el asunto, apoyé mi mano izquierda en el tubo corcovado en su tramo final. Recuerdo que estaba muy frío. Al poco rato, metí mi mano en el bolsillo del pantalón, di media vuelta y comencé a caminar hacia mi casa.
Llevaba recorridos diez metros, cuando a mi espalda escuché una voz metálica.
-No debes preocuparte, chico. Es mi trabajo.
Mis pies se detuvieron en seco. Mi respiración se aceleró. Mi mano izquierda todavía no había entrado en calor, por lo que descarté estar soñando. Me di la vuelta despacio y miré a la farola.
-¿Has dicho algo? –pregunté incrédulo.
-He dicho que se trata de mi trabajo. Que no es motivo de preocupación para nosotras trabajar más horas en invierno.
-¿Hablas? –volví a preguntar alucinado.
-Claro, igual que tú –respondió sin titubeos la farola.
-Es que ninguna farola me había hablado antes.
-Tal vez se deba a que nunca le preguntaste nada a ninguna. O lo hiciste durante el día, cuando descansamos ajenas a todo. Venga, prueba. Pregunta lo que desees.
Y así lo hice. Le formulé decenas de preguntas que me contestó con serena voz metálica. De entre todas sus respuestas, me sorprendió la que contestaba a mi pregunta sobre el aburrimiento que sentiría allí plantada toda la vida.
-¿Aburrimiento? –respondió con otra pregunta. –Cómo voy a aburrirme si tengo a mi disposición el mundo entero. Veo todo lo visible. Más allá de mi luz no hay nada.
-Te equivocas –repliqué yo. –Si sólo una vez despertaras mientras el sol domina el cielo, verías montones de cosas más. Y si pudieras moverte descubrirías otras gentes, otras culturas. ¿Has oído hablar del mar?
-¿El mar? ¿Otras gentes? Chico, todo eso son pamplinas, cuentos que os leen vuestros abuelos aquí en el parque. Más allá de mi luz, no existe nada –sentenció la farola.
-Entonces, todas esas personas que entran caminando por un extremo de tu luz y salen por el otro, ¿de dónde vienen? ¿Adónde van?
-Quién sabe de dónde venimos y adónde vamos. Lo que sé, es lo que veo. Y eso es el mundo.
Aún hoy, años después, sigo intentando hacer comprender a las farolas que su visión del mundo es ridícula y equivocada, pero me temo que es una batalla perdida.
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EL FORO © 2006