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RESTAURANTE FIRENZE

El restaurante “Firenze” fue fundado en los años 30 por un italiano cuya inspiración estaba en las cacerolas de cobre. Situado en la calle San Francisco de Oviedo, frente a la antigua Universidad, su fachada se distinguía desde lejos por la coquetería de sus colores tostado y ámbar, y su toldo siempre extendido donde se anunciaban “Pastas artesanas” y “Postres exclusivos”.
El Sr. Allegro llegó medio huido de África trayéndose la locura (se decía que tras unas extrañas fiebres de las que por poco lo mata la agonía) y las más singulares recetas de la famosa gastronomía italiana.
Era soltero, solitario y poco hablador. Todos los días, tras cerrar el establecimiento a las 8 en punto, se tomaba de un trago un café solo con gotas, meditaba durante una hora frente a la última página de cualquier periódico para después encerrarse entre los fogones de su cocina. Era un científico culinario, un genio entre sartenes capaz de mezclar ingredientes discordantes para obtener sabores insospechados.

La pericia e imaginación del Sr. Allegro le dieron pronto su arrebatador prestigio. La carta era tan variada como una paleta de colores, y tan incoherente como las ideas de un loco. Salían del horno platos extravagantes como los hojaldres de pasta de rúcula y mango, canelones de batata en vinagre o tallarines en salsa de membrillo y matalahúga, pero tampoco sus postres se hacían desmerecer. La lista la encabezaban los bombones rellenos de jamón serrano, helado de poleo con salsa de aceituna y los célebres dátiles en almíbar de remolacha. Todo un alarde.
Sin duda la gente se movía más por la curiosidad que por la exigencia de su paladar ya que nunca le faltó clientela. O quizá fuera la falta de excentricidades públicas que perturbasen la retina lo que delegó los platos tradicionales de la provincia a menús de segunda categoría.
Era habitual oír a las parejas de novios decirse señalando el listado de la carta con los delgados  dedos: “¿De qué prefieres el profiterol, de manzanilla o de pachuli?

El Sr. Allegro desapareció por arte de magia. Unos dicen que su corazón era también una  ingeniería gastronómica y se paró. Otro dicen que se llevó sus secretos a otros confines donde domar paladares más indómitos.  Los cierto es que el restaurante “Firenze” pasó a ser regentado por su sobrina, una mujer más comedida tanto en los ingredientes como en la sensatez. Las pastas se cubrían con salsa tomate y orégano, y los bombones se rellenaban con lo que siempre los han rellenado las personas temerosas de Dios y cuidadoras de su negocio. La clientela siguió entrando y saliendo, pero sus rostros poco a poco volvieron a reflejar la  monotonía que un día profanó el Sr. Allegro.

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