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Juan Benet, El ogro bondadoso por Francisco García Pérez El rincón de las palabras por Tino Pertierra Entrevista a Tracy Chevalier Firma Invitada Manuel García Rubio (II) Palabra de Faulkner El Mirador por José Feito Links Contacto Webmaster ------------------------------------
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Siento que este galardón no se me ha concedido como hombre, sino a resultas de mi trabajo, una vida de trabajo en medio de la agonía y el sudor del espíritu humano; no por la gloria y menos aún por el beneficio, sino por crear con los materiales del espíritu humano algo que no existía antes. Por lo tanto, esta concesión es sólo mía en verdad. No será difícil encontrar un fin al dinero a ella asignado, debido al propósito y a la significación de su origen. Pero quisiera hacer lo mismo con los honores, usando este momento como púlpito desde el cual puede ser escuchado por los jóvenes dedicados ya a la misma angustia y al mismo trabajo, entre los cuales está ya alguno que un día se alzará aquí donde yo estoy ahora. Actualmente nuestra tragedia es haber experimentado por tanto tiempo un miedo físico, universal y generalizado que apenas nos es dable soportar. Ahora ya no existen problemas del espíritu y la única pregunta que se plantea es: ¿En qué momento voy a desaparecer? Por ello, los jóvenes que ahora escriben se han olvidado de los problemas del alma humana en conflicto consigo misma, problemas que por sí solos pueden generar la buena literatura, pues sólo de esto es de lo que vale la pena escribir; sólo esto justifica la zozobra y la extenuación. El escritor debe ponerse de nuevo en contacto con estos conflictos: darse cuenta por sí mismo de que lo peor de todas las cosas es estar asustado; y una vez que haya asimilado esto, borrarlo de su mente para siempre, sin dar cabida a nada en su taller, salvo a las antiguas verdades del corazón, las verdades universales de otros tiempos (las que, cuando ausentes, hacen de cualquier historia algo efímero y vano): el amor y el honor; la piedad y el orgullo; la compasión y el sacrificio. En tanto el autor no proceda de esta manera, trabajará como bajo un anatema; escribirá no acerca del amor, sino de la lujuria, de derrotas en las que nadie pierde nada de valor, de victorias desesperanzadas, y lo peor de todo, sin misericordia y compasión. Sus congojas no se abatirán sobre osamentas universales, ni dejarán cicatrices tras de sí. No escribirá sobre el corazón, sino sobre las glándulas. En tanto todo esto no lo aprenda de nuevo, escribirá como si estuviese perdido entre la multitud, observando el fin del hombre. Y yo me niego a aceptar el fin del hombre. Es bastante fácil decir que el hombre es inmortal sólo porque resiste. Incluso en el último sangrante y moribundo de los atardeceres -tras resonar el postrer tañido del destino sobre la última y fatua roca, ahí posada y ya sin marea- debe prevalecer todavía un sonido más: el de su insignificante e infatigable voz, viva aún. Me niego a aceptar que el hombre sólo haya de resistir, también debe prevalecer. Es inmortal no por ser el único entre los animales que está dotado de una voz inextinguible, sino por el hecho de poseer un alma, un espíritu capaz de compasión, sacrificio y resistencia. Escribir acerca de estas cosas es el deber del poeta, del escritor. Y es su privilegio ayudar al hombre a resistir, inyectándole ánimos, haciéndole recordar el valor y el honor, la esperanza y el orgullo, la compasión, piedad y sacrificio, que han constituido la gloria de su pasado. La voz del poeta no necesita ser simplemente un testimonio del hombre, debe ser uno de sus puntales, de los pilares que le ayuden a resistir y prevalecer. (William Faulkner, Discurso de aceptación del Nobel de Literatura , 1950. Traducción de Francisco García Pérez) Para escuchar a Faulkner leyéndolo: http://town.hall.org/radio/HarperAudio/080294_harp_ITH.html ---------------------------------------------------
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