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COSAS DE PULPOS

EL PASEO DE LA SALUD

La mañana casi primaveral, invitó a Juan a llegar al parque, antes de la hora   convenida para su cita diaria con  sus tres inseparables compañeros de oficina, que al igual que él, desde principios de año, disfrutaban de una jubilación anticipada.
La hora de la cita: diez y media de la mañana, ni muy tarde, ni muy temprano, que para eso eran jubilados. El  lugar: el banco azul, situado justo al inicio de una senda que no llevaba a ninguna parte y que había sido habilitada como paseo, aprovechando un camino vecinal en desuso. La disculpa: mantener el colesterol a raya, con lo que ellos habían bautizado como “el paseo de la salud “, que básicamente consistía en recorrer la senda,  a paso mas bien  ligero, mientras comentaban las noticias frescas del  día, para acto seguido, reponer fuerzas  en el  bar de  su amigo Luis, con una buena tapa de jamón,  acompañada de un riojilla, o dos, si la cosa se animaba. No en vano, habían leído en alguna parte, que una copita de vino tinto al día, resultaba muy beneficiosa para la salud, y en su nueva situación de jubilados, no cabía duda, que la salud, tenía que ser lo primero. El motivo: hacer llevadera su anticipada jubilación, tan  deseada, como difícil de afrontar cuando llega, por lo que en el fondo significa.
Juan, se acomodo a un extremo del banco azul y, abriendo el periódico por la página de noticias locales, detuvo su mirada sobre uno de los titulares reseñados en letra pequeña, a la vez que sonreía.  Estaba claro, hoy, volverían a hacerlo. Volverían a  parodiar  la escena de una víctima  del timo de la estampita, que acude a la policía a denunciar los hechos :
“Oiga mire, es que yo quería  aprovecharme de un deficiente mental,  que resultó ser,  más mental que deficiente, y lo que pasó, es que  él se aprovechó de mí..  Pues, que quiere que le diga ¡oiga!: ¡merecido se lo tiene!”.
Mientras Juan estaba en estos pensamientos, un joven con aspecto de estar medicado, a causa de las enfermedades del alma, le nubló por un instante el sol,  para después sentarse en el otro extremo del banco  sin mediar palabra. Apartando la vista del periódico, Juan,  lo miro de reojo un segundo y, volvió a su actividad lectora. No le sorprendió su presencia,. el consultorio de salud mental estaba cerca de allí, y no era raro, ver a sus usuarios paseando por el parque.
 “Había una vez, un barquito chiquitito.....”, Juan, giró la cabeza atraído por la voz que entonaba la vieja canción infantil,  y se quedó extasiado, al contemplar,  cómo aquel joven, con la habilidad de quien  ha calmado más de una crisis de ansiedad con la papiroflexia,  hacía barquitos de papel con billetes de cien euros extraídos de un sobre blanco, que tenía  apoyado sobre sus rodillas. Los barquitos iban formando una pequeña flota sobre el banco azul,  que hacía las veces de océano. “Había una vez, un barquito chiquitito....” balbuceó Juan  con timidez.
Para cuando Juan cesó en  su canto, el hábil constructor  naviero había desaparecido. El banco azul, se vislumbraba a lo lejos rodeado por tres siluetas que   reconoció como las de sus  amigos. Sus manos, contagiadas por la perplejidad del momento permanecían  inmóviles aferradas a un sobre lleno de recortes de periódico. Y su cerebro, se debatía  entre denunciar lo ocurrido reconociendo, de ese modo, ser  la enésima victima, del no por conocido, menos eficaz timo de la estampita, que implicaría a sus vez,  soportar estoicamente que sus amigos hicieran leña del árbol caído. O por el contrario, ocultar los hechos, y aceptar la pérdida económica como el justo castigo a su incompresible coqueteo con la avaricia, a cambio, de  mantener impoluta su imagen.
Pero, ¿dónde te habías metido?, ¡nos tenías preocupados!.  Juan,  mostró una irónica sonrisa y en tono de sorna, acertó a decir: ¡me entretuve con unos papeles!.  Por cierto, ¿habéis leído la noticia del día?. Las caras de sus amigos hicieron innecesaria la respuesta.
 Una vez más,  Juan, inicio entre risas su “paseo de la salud”, aunque, en esta ocasión, tenía  la amarga certeza de que para él,  ya siempre sería “el paseo del serpigo”

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Ana Pérez © 2006